50 años del experimento de Milgram

Probablemente, en estas épocas en que la Internet lo acerca todo, muchos conozcan el experimento de Milgram.
Muchos, también, como yo, lo conocimos en forma cinematográfica gracias a la película “I, como Icaro“, a un excelso Ives Montand y al particular momento que se vivía en nuestro país, con una censura en franca retirada y la posibilidad de volver a acceder al arte y a la política sin tijereteros en el camino.

Pero esto que escribo hoy trata de ir un poco mas allá de la película.
Obviamente, con las limitaciones propias de la ignorancia que uno trata día a día de superar y contaminado, por supuesto, con la realidad y los detalles en los que uno cree ver a sujetos comportándose como en el estudio original.

En este mes que se inicia se están cumpliendo los 50 años desde que fuera publicado el “Estudio del comportamiento de la obediencia”, de Stanley Milgram. Pueden ver en este pdf el artículo original.

En pocas palabras, Milgram se preguntó como podía ser posible que una persona aparentemente normal, sin patologías psíquicas, sin fanatismos religiosos o políticos, como era Adolf Eichmann, recientemente condenado (tras ser capturado en Argentina) por haber sido el ejecutor logístico de la “solución final al problema judío” o mas sencillamente llamado Holocausto. Cabe destacar que Eichmann, en su defensa en el juicio, alegó obediencia debida.

Con esa duda en su cabeza, diseñó el experimento, que consistía en una persona disfrazada de científico por medio de un guardapolvos blanco, el cual le indicaba a dos personas que iban a ser partícipes de dicho experimento “sobre el estudio de la memoria y el aprendizaje”. Una de esas personas era un actor, que tras una farsa de sorteo, tomaba el papel de “alumno” y el sujeto a analizar tomaba el papel de maestro.

La prueba consistía en que el maestro castigara con descargas eléctricas de creciente intensidad los supuestos “olvidos” del alumno al recordar pares de palabras. Siempre con la presencia del científico que, a medida que el experimento transcurría, los voltios aumentaban y los choque eléctricos ficticios provocaban reacciones del alumno que iban desde gritos de dolor a súplicas para que no continúe y desmayos.

Este experimento no hubiera tenido la repercusión que tuvo de no haber sido por el hecho de que 26 de los 40 examinados (65%) había llegado a imponer la “pena” al alumno de recibir 450 volts por su equivocación y porque antes del ensayo, en una encuesta previa realizada por el equipo de Milgram, nadie anticipó este resultado. Es mas, el resultado de la encuesta fue que nadie, salvo algún sádico, seguiría hasta el final las órdenes del científico y que el máximo de descargas que aplicarían sería de 130 volts.

Con estos datos en la mano, imagino yo, a Milgram se le debe haber llenado el c..o de preguntas, como se dice vulgarmente. Por lo que continuó con sus experiencias cambiando o modificando variables, como la cercanía física del maestro y el alumno, con todos los participantes de sexo femenino, usando una compañía privada inexistente como la productora del estudio o con maestros adicionales que presionaban a favor o en contra de continuar electrocutando al alumno.

De todas estas experiencias realizadas, lo que le quedó claro a Milgram fue que existe una gran tendencia a la “obediencia a la autoridad” en sus dos variantes: la del conformismo, donde las responsabilidades de las decisiones se transfieren al grupo al que se pertenece o la de la cosificación, donde la responsabilidad se elude para asumir el papel de instrumento de la autoridad.

Bien, ahora es momento de volver a la realidad. Tal como lo cuenta la wikipedia, esto no ha sido tan solo una cuestión restringida a “ratas de laboratorio”, donde hasta la propia observación del experimento puede convertirse en una variable significativa. Cuenta la wikipedia que durante los 10 años transcurridos entre 1995 y 2004 hubo un caso llamado “Strip Search Prank Call Scam” (que una burdísima traducción convertiría en “el engaño de la llamada del palpado intrusivo”), donde encargados de locales de comida eran convencidos, via telefónica, por una persona que se presentaba a si misma como oficial del policía, de realizar palpados de armas, que incluían desnudar y en ciertos casos revisión de orificios, de clientes y empleados de los locales.

Como se puede apreciar, el experimento de Milgram desnuda uno de los conflictos psico sociales mas importantes que tenemos: que en esencia, somos brutales, crueles y despreciables adoradores de la justificación de nuestros mas aberrantes actos.

Justamente, días atrás, en twitter, uno de mis seguidos/seguidores tenía un entredicho con el presunto periodista científico Guillermo Lobo, conductor de TN Ciencia y presentador de notas sobre ayurveda, pachamama y sanación pránica, donde la discusión transcurría por el carril del concepto de “hombre” de un golpeador de mujeres.
Mi seguido argumentaba que un golpeador no se convertía inmediatamente en “monstruo” o “inhumano” en el preciso momento de convertirse en golpeador, sino que continuaba gozando del mote de “hombre”, como persona humana, capaz de cometer un acto aberrante. Obviamente, Lobo argumentaba lo contrario.

Pero viendo el experimento de Milgram, su raíz declarada de “saber si hay conexión entre lo que hemos estudiado en el laboratorio y las formas de obediencia que hemos condenado de la época nazi”, las conductas de quienes se erigieron en “científicos” (al decir del experimento) como Hitler, Stalin, Idi Amin Dada, Mussolini, Ceaucescu o Videla, y los miles de cumplidores de sus órdenes, sin haber siquiera puesto la mas mínima duda moral sobre las mismas, nos puede dar la razón a los que pensamos en el hombre como un sujeto no muy distinto al del estereotipo del cavernícola con el garrote en la mano.

Por si hiciera falta, la frase pronunciada por Peter Malkin, el agente del Mossad que detuvo a Eichmann, fue: “Lo más inquietante de Eichmann es que no era un monstruo, sino un ser humano”.

Seguimos siendo todos nosotros, cada uno en forma individual, responsables de revertir esta triste realidad.
Recordando que la libertad es la única arma que puede rebelarse contra la autoridad impuesta, contra los Hitlers y los Stalins, contra las batas blancas o los uniformes verdes, contra los que pretenden convertirnos en soldados de algo, ya sea una idea política o una religión.

(Nota: tras haber escrito el post, y antes de publicarlo, me entero de esta frase del gran Christopher Hitchens: “Burlarse de la religión es una de las cosas más esenciales. Uno de los inicios de emancipación humana es la capacidad de reírse de la autoridad”)

Porque, parafraseando a ese soldado israelí, lo mas inquietante es que somos humanos y tenemos la tendencia a ser los peores desgraciados hijos de puta sobre la tierra.

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