Seamos francos

Cuando Franco Castro Lopez salió de su casa hacia la Plaza del Agua de Mar del Plata, las posibilidades de que un energúmeno descerebrado le metiera un balazo eran las mismas de que le cayera un piano de cola sobre la cabeza.
Sin embargo, como así son las estadísticas, finalmente el descerebrado apareció, gritó por quien le había tocado el culo a su pareja y sin esperar siquiera una respuesta, apretó el gatillo, otorgándole un innecesario 100%, sin margen de error.

No fueron las elevadas posibilidades que tenemos todos hoy en día de sufrir un ataque de la delincuencia que mata por dos pesos las que le hicieron perder la vida a Franco y a muchos otros antes que el.
Fueron las posibilidades, cada día mas altas, de ser víctima de una forma de delincuencia que no distingue estamento social alguno y que, a diferencia de la otra delincuencia, se presenta en mayor medida en un frasco de buena calidad o de lujo.

Es la violencia a la que me referí hace unos meses que viene aflorando y cada vez con mas fuerza.
Violencia que se repite en cientos, miles de lugares de nuestras vidas.
Solo alcanza pegarle una mirada a los comentarios de notas como la de la muerte de Franco, la de un accidente de tránsito, o los aun pocos pero significativos en la noticia sobre los muertos de Baradero.

Entre la mayoría de los comentarios anónimos solo podemos encontrar una mezcla increíble de justificativos irracionales y epítetos calificativos, algunos sobre opiniones realmente válidas y otros sobre verdaderas guarangadas sin sentido.
Pero lo que quiero poner de resalto es la violencia verbal, en este caso escrita, que destilan la gran mayoría de los comentaristas. No importa el tema, ni que tan grosero ha sido lo escrito por el anterior, la descalificación sin un solo argumento es la norma.

Dicho en otras palabras, te insulto y denigro porque no pensás como yo, porque me parece que no se habla mal de los muertos aunque lo que digas es verdad, pongo un manto de duda sobre la víctima porque cometió un error. Todo desde la sombra de no saber quien es el que te está insultando.

Esto es parte de la violencia que termina sesgando la vida de chicos como Franco. La violencia que generamos todos los días en respuesta a las violencias que recibimos. Una espiral que no terminará nunca, hasta que el ojo por ojo nos deje a todos ciegos.

Como dije en el post sobre la violencia, no tengo soluciones mágicas. Desandar el camino seguido en los últimos 70 años no se logra en dos meses. De lo que si estoy seguro es que algún día deberemos empezar.
Por esto, les dejo las palabras de “Bob” Kennedy. Las que pronunció dos meses antes de ser asesinado, al igual que su hermano y que Martin L. King, a ver si junto a las palabras de Charles Chaplin en El Gran Dictador empezamos a desandar tantas décadas perdidas.

Hoy no es un día para política, aprovecharé mi único acto de hoy, para hablarles brevemente, de la insensata violencia en América, que de nuevo salpica a nuestro país y la vida de todos nosotros. No incumbe a una sola raza, las víctimas de la violencia son negras y blancas, ricas y pobres, jóvenes y viejas, famosas y desconocidas; son sobre todas las cosas, seres humanos a los que otros seres humanos querían y necesitaban.
Nadie, viva donde viva, haga lo que haga, puede estar seguro quien va a sufrir, por un acto insensato de derramamiento de sangre. Sin embargo, sigue, sigue y sigue en este país nuestro. ¿Por qué? ¿Qué ha conseguido siempre la violencia?, ¿Qué ha creado siempre? Siempre que un americano pone fin a la vida de otro americano, innecesariamente, ya sea en nombre de la ley, o desafiando la ley, ya sea un hombre o de una banda que mata a sangre fría o con rabia, en una ataque de violencia, o respondiendo a la violencia, siempre que se rasgue el viento de una vida, que otro hombre a tejido, torpe y penosamente, para el y sus hijos, siempre que hagamos eso, la nación entera será degradada. Y sin embargo parecemos tolerar un nivel creciente de violencia, que ignora nuestra común humanidad, y nuestras demandas a la civilización.
Demasiadas veces celebramos la arrogancia y la chulería, y a los bravucones, demasiadas veces excusamos, a los que quieres construir su vida sobre los sueños destrozados de otros seres humanos. Pero hay una cosa clara, la violencia engendra violencia, la represión engendra venganza, y solo una limpieza de toda nuestra sociedad, puede arrancar este mal de nuestros corazones.
Pues cuando enseñas a un hombre a odiar y temer a su hermano, cuando le enseñas que es un ser inferior, por su color, o sus creencias, o las normas que siguen, cuando le enseñas que los que son distintos a ti, amenazan su libertad, o tu trabajo, o tu hogar, o tu familia, entonces aprende también a enfrentarse a los otros, no como conciudadano, si no como enemigos, recibiéndolos no como cooperantes, si no como invasores que subyugan y someten. Y al final aprendemos a mirar a nuestros hermanos como extraños, extraños con los que compartimos una ciudad pero no una comunidad, hombres ligados a nosotros en una viviendo común, pero no en un esfuerzo común. Tan solo aprendemos a compartir un miedo común, solo un deseo común, de alejarse del otro, solo un impulso común, de superar el desacuerdo con la fuerza.
Nuestra vida en este planeta es demasiado corta, el trabajo por hacer es demasiado grande para dejar que ese espíritu prospere por más tiempo en esta tierra nuestra. Desde luego, no podemos prohibirlo con militares, ni con una resolución, pero quizás podamos recordar, aunque se por un momento, que aquellos que viven con nosotros son nuestros hermanos, que comparten con nosotros el mismo corto momento de vida, que solo buscan, como nosotros, la oportunidad de vivir la vida con bienestar y felicidad, disfrutando lo que la satisfacción y el logro les proporciona.
Seguramente este vínculo de sentido común, seguramente este vínculo de objetivos comunes, puede empezar a enseñarnos algo. Seguramente podremos aprender, por lo menos, a mirar alrededor a aquellos de nosotros que son nuestros semejantes, y seguramente podremos empezar a trabajar con algo más de entusiasmo y a curarnos mutuamente las heridas, y convertirnos otra vez, en hermanos y compatriotas de corazón.

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